«Mi nombre es Cantabria» por Manuel Fernández-Escalante, 1975 (articulo histórico)
Hoy en día asistimos a la mayor aceleración de la aculturación de Cantabria, y nos parece urgente rescatar su Historia y su cultura, que es la humilde y difícil misión de La Voz de Liébana.
Manuel Fernandez de Escalante fue Catedrático de Filosofía del Derecho, gran defensor de la Cultura cantabra. Escribió y publico un articulo en la Hoja del Lunes de Santander, el 22 de septiembre de 1975, justo antes de fallecer el Generalisimo Franco. En el apreciamos como ya se indignaba en 1975, de que los habitantes de la provincia de Santander (como los de Torrelavega, Laredo o Castro), no debiesen ser llamados «santanderinos», calificando este uso de metonímico, antirrepresentativo e incongruente desde el punto de vista histórico y gramatical. Argumentaba que, al igual que los naturales de Durango o Estella no eran llamados «bilbaínos» ni «pamplonicas» sino vizcaínos o navarros, los habitantes de la provincia de Santander deberían tener un gentilicio común propio que no se limite al de la capital. En 1975, la provincia ya había solicitado formalmente y de forma unánime recuperar el nombre histórico de Cantabria, pero el Gobierno de Madrid les denegó la petición de forma injustificada. Por eso había que intentarlo de nuevo, cosa que finalmente fue exitosa después de la muerte de franco, 30 de diciembre de 1981, con la aprobación de la Ley Orgánica 8/1981, Estatuto de Autonomía de Cantabria. Pero en 1975, muy pocos eran los «bravos» que osaban reivindicar eso, la gran mayoría de los cántabros ya se habían acostumbrado a ser llamados castellanos. Gentilio que tampoco es inexacto porque Cantabria es el origen de Castilla. También crítica a las promesas e infraestructuras incumplidas: utiliza la ironía para sugerir que Madrid les niega el cambio de nombre por temor a que luego exijan mejoras materiales pendientes desde hace décadas, como el prometido ferrocarril, las conexiones con la Meseta o los derechos sobre el caudal del río Ebro. Concluye que, dado que las infraestructuras parecen una utopía lejana, el Gobierno central debería concederles al menos el cambio de nombre a Cantabria, ya que es una medida legítima, económica y un reconocimiento fundamental a su identidad.
Aqui publicamos su articulo «in extenso»

MI NOMBRE ES CANTABRIA (articulo historico escrito en 1975)
Sin entrar en el tema, sino como una simple, aunque autorizada y responsable opinión de catedrático, publicamos esta carta abierta, que nos entrega en persona el señor Fernández de Escalante.
Señores de Madrid:
Si ustedes intuyeran lo doloroso, qué digo doloroso, traumático, que resulta para un buen torrelaveguense ser apelado como santanderino, y, en mayor o menor proporción, a todos los habitantes de esta sufrida provincia —capitalinos no exclusos, como es lógico—, seguro que cambiarían, lo cual es económicamente poco gravoso, el nombre absolutamente administrativo, antirrepresentativo y puramente metonímico de esta —repetimos— sufrida región española.
Porque si, con perfecta lógica, un natural de Orduña o Durango no es denominado oficialmente bilbaíno, ni uno de Estella pamplonica, sino vizcaíno o navarro, y lo mismo —en principio y más genéricamente— uno de Bilbao o de Pamplona, no vemos por qué regla de tres un habitante de Laredo o Castro tenga que ser adjetivado de santanderino. Y no, obviamente, porque el nombre encubre ningún desdoro, sino, mucho más sencillo, porque se trata de una total incongruencia gramatical y, por supuesto, histórica.
Ya en su día, la provincia, con más que conmovedora unanimidad, pidió recuperar el nombre ancestral de CANTABRIA, y con no menos imparcial benevolencia, y sin mayores consideraciones sobre el caso, tamaña merced le fue negada. Tal vez por aquel sabio axioma que aconseja no acceder a lo inocuo, por si luego se animan; se empieza pidiendo un nombre y se puede terminar —¡oh, desdichada ambición!— reclamando un ferrocarril prometido y trazado hace décadas. ¡Hasta ahí podríamos llegar!
Pues bien, señores de Madrid, la provincia, desengañada de los bienes de este mundo, mira el ferrocarril como dorada utopía que, tal vez, algún día sobrevendrá, y en cuanto a las comunicaciones con la Meseta, apenas se atreve a imaginarlas, por no hablar del derecho a una ínfima parte del caudal de «nuestro» Ebro, pretensión ambiciosa, y como tal sujeta a la graciabilidad de los siglos; pero el nombre ¡por el Dobra!, el nombre es bien barato, y por algo se empieza; a esto no queremos renunciar, no, señor. Otórguennos este pequeño recuerdo de nuestra legítima identidad; no les costará nada, y por aquí, créannos, se estimaría.
Gracias, señor director, por la publicación de esta carta.
Le saluda,
Manuel FERNÁNDEZ DE ESCALANTE (Catedrático de la Universidad de Barcelona)
